jueves, 24 de mayo de 2012


¿TERRORISMO EN LA ARGENTINA?





En el año 2005, el diario The Wall Street Journal caracterizaba a la Argentina como un país que hacía las veces de “refugio para terroristas”. 


En el año 2012, el martes pasado, una bomba fue hallada escondida en el teatro Gran Rex de Buenos Aires, programada para explotar el jueves mediante un mecanismo de activación por teléfono celular, cuando el ex presidente de Colombia, Álvaro Uribe, ofreciera allí una conferencia abierta al público.


¿Existe relación entre aquella denuncia que hiciera el diario norteamericano hace siete años y lo que sucedió esta semana? 


¿Hasta qué punto puede ser cierto que la Argentina sea un lugar de fácil movilidad para el terrorismo? 


¿O puede haberse tratado en puridad de una ingeniosa operación política para frustrar la convocatoria del estatista colombiano?


Si bien hasta el momento no se tienen respuestas certeras a ninguna de estas incógnitas, y de hecho existen opiniones encontradas entre el juez Norberto Oyarbide y la Policía Federal respecto al poder destructivo del artefacto, lo que interesa desde esta columna es reflexionar sobre la relación que sí existe entre un hecho como el del Gran Rex y la prédica gubernamental condescendiente con el terrorismo desde el 2003 a la fecha.


Digámoslo sin pelos en la lengua, porque ellos nunca los han tenido tampoco: el kirchnerismo se intentó posicionar a partir de sus inicios como la corriente política heredera de las organizaciones armadas de los años `70 y ciertamente lo han logrado.


En efecto, reivindicaron la lucha que éstas emprendieron contra la democracia y despreciaron hasta borrar de la historia a sus víctimas; 


 homenajearon a sanguinarios terroristas en el denominado “Monumento a las víctimas del terrorismo de Estado” (donde tienen una placa de homenaje los asesinos del Cnl. Larrabure por ejemplo) y los invocaron como arquetipos del civismo y las “buenas causas”; 


colocaron a ex miembros de Montoneros y ERP en funciones públicas y reabrieron las causas judiciales contra quienes los combatieron; 


beneficiaron a terroristas extranjeros, como Jesús Lariz Iriondo de ETA o Sergio Apablaza del MIR, permitiendo que continuaran refugiados en el país al negar la extradición, y miraron a un costado en lo que respecta a los terroristas locales en potencia (armados y uniformados) que se instalaron en el norte de la Argentina bajo las órdenes de Milagro Sala nadie sabe muy bien para qué; 


nos impusieron a Hebe de Bonafini como “madre de todos los argentinos”, mientras ella y su organización homenajeaban públicamente a las FARC, defendían a los terroristas de la ETA y, 


según Shoklender, guardaban arsenales enteros y solicitaban entrenamientos a la narcoguerrilla; le hicieron creer a un grupo de jóvenes que están llamados a ser los Montoneros (versión paródica por supuesto) del Siglo XXI y los denominaron “La Cámpora”. 


La lista es interminable.


Lo que ocurrió el martes en el Gran Rex, independientemente de los pormenores que con el pasar de los días se vayan develando, es la consecuencia esperable de un caldo que viene cultivándose desde hace varios años ya. 


Un país que, lejos de tomar posiciones de expreso y claro rechazo al terrorismo, manifiesta por el contrario sus simpatías para con la violencia como argumento de lo político, invita ciertamente a que hechos de esta naturaleza ocurran en su territorio.


Por el momento, nadie alzó la voz ni la alzará. La gente cree tener cosas más importantes de las que preocuparse, y todo sigue igual. La bomba no estalló y Uribe pudo hablar, aunque con escasa concurrencia por el lógico miedo de la gente. 


Pero una pregunta queda sobre la mesa, sin respuesta: 


¿Y si el explosivo (altamente destructivo o de reducido alcance) hubiera estallado?



Agustín Laje (*)


(*) Tiene 23 años y es autor del libro “Los mitos setentistas”.

viernes, 18 de mayo de 2012


UN NICHO DE IMPUNIDAD



Los delitos de lesa humanidad cometidos por la guerrilla durante los años 70 permanecen arbitrariamente impunes

Luis Moreno Ocampo, conocido penalista argentino que se desempeña como fiscal del Tribunal Penal Internacional, con sede en La Haya, en oportunidad de su reciente visita a nuestro país hizo algunas declaraciones valiosas en materia de delitos de lesa humanidad.
Por su innegable trascendencia, no pueden pasar inadvertidas ni caer en saco roto.

Se refieren a una lamentable y torcida anomalía en el capítulo del Derecho Humanitario Internacional que aún perdura en nuestro país.
Es aquella que tiene que ver con quienes, desde la guerrilla, pudieron haber cometido crímenes de guerra considerados como delitos de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptibles, de los que fueron víctimas civiles inocentes a lo largo de la década de los 70.
Sus autores y responsables gozan todavía de una inaceptable impunidad.

Ocurre que nuestro país no ha investigado los delitos de lesa humanidad perpetrados por la guerrilla en aquella década, en violación de la Cuarta Convención de Ginebra de 1949, que es derecho interno en nuestro país desde que fuera ratificada por el decreto-ley 14.442/56, norma que la puso en vigencia efectiva desde el 17 de marzo de 1957.

La protección a los civiles inocentes allí dispuesta está considerada en el mundo entero como derecho internacional obligatorio emanado de la costumbre internacionalmente aceptada que todos los Estados deben respetar por igual.

El nicho de impunidad perdura pese a que, en su momento, la propia Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), en su informe conocido como "Nunca Más", nos advirtiera expresamente que "durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como desde la extrema izquierda".

Aquel informe agrega que "se nos ha acusado, en fin, de denunciar sólo una parte de los hechos sangrientos que sufrió nuestra Nación en los últimos tiempos, silenciando los que cometió el terrorismo que precedió a marzo de 1976 y hasta, de alguna manera, hacer de ellos una tortuosa exaltación.
Por el contrario, nuestra Comisión ha repudiado siempre aquel terror, y lo repetimos una vez más en estas mismas páginas."

Aclaró el informe que la misión de la Conadep no era la de investigar los crímenes de la guerrilla, sino estrictamente la suerte corrida por los desaparecidos, cualesquiera que fueren, provinieran de uno u otro lado de la violencia.
Y agregó que "los familiares de las víctimas del terrorismo anterior no lo hicieron, seguramente, porque ese terror produjo muertos, no desaparecidos".

Ocurre que esos muertos a los que se refería la Conadep y que perdieran la vida asesinados por la guerrilla fueron también víctimas de delitos de lesa humanidad que aún no han sido investigados en nuestro país.

Por eso, Moreno Ocampo advirtió que "cualquier grupo, inclusive guerrillero, puede cometer crímenes de lesa humanidad".
Explicó que, con razón y coraje, "un crimen de lesa humanidad es un ataque masivo y sistemático a la población civil.
Y la Argentina -agregó- fue eso. 
Podemos decir que la guerrilla produjo ataques masivos y sistemáticos a la población civil porque mataban en forma masiva tanto a sindicalistas, empresarios o policías".

Para Moreno Ocampo queda claro que no hay duda alguna de que en los 70 vivimos un conflicto armado interno. 
Para el derecho internacional tampoco hay dudas.

Mientras tanto, la resolución 158/07 del procurador general de la Nación no permite a nuestros fiscales investigar los delitos de lesa humanidad a los que se refiere Moreno Ocampo, y esa directiva constituye una violación flagrante de la obligación internacional que tiene el Estado argentino de hacerlo, cercenando, sin pudor alguno, el derecho a la verdad de algunos de nuestros compatriotas.

Cuando se acerca muy rápidamente el fin de un ciclo político histórico más, esta grave asignatura queda pendiente. 
El nicho de impunidad al que nos referimos debería cerrarse porque así lo exigen la Justicia y el derecho.

jueves, 17 de mayo de 2012


UN DIA DE ESPERANZA QUE SE AHOGO EN POLVO Y SANGRE


11 DE MARZO Y 25 DE MAYO DE 1973. 

HECTOR J. CAMPORA EL DIA DE SU ELECCION COMO PRESIDENTE DE LA NACION.


EL DÍA DE SU ASUNCIÓN, UNA MULTITUD ASALTO LA CARCEL DE DEVOTO PARA LIBERAR POR LA FUERZA A LOS PRESOS POLITICOS, SIN ESPERAR UN PRONUNCIAMIENTO DEL CONGRESO

Fue un día inolvidable. 

Y fue también uno de esos extraños momentos, aunque frecuentes en la historia contemporánea, en los que el país parece dejar de lado el pasado, los rencores y la sangre para mirar de frente ese desafío nunca asumido al que llamamos porvenir.

El peronismo iba a volver al poder. 

No había posibilidad de que fuese derrotado en las urnas. 

El 11 de marzo de 1973, catorce millones de argentinos se dispusieron a votar en las primeras elecciones libres, esto es sin el peronismo proscrito, en más de dos décadas .

Lo único que restaba por saber era si Héctor J. Cámpora iba a ganar por el cincuenta por ciento de los votos o debería hacerse una segunda vuelta electoral.

Cámpora era el delegado de Juan Domingo Perón, imposibilitado de ser candidato por una cláusula de residencia impuesta por la dictadura militar de Alejandro Lanusse; el candidato encarnaba el símbolo del Frejuli, una alianza con nombre de jarabe para el resfrío que incluía a varios partidos y agrupaciones políticas. 

La Juventud Peronista lo había convertido en “El Tío”, el hermano de “El Viejo” Perón, el Padre de esos chicos, el Padre Eterno, como le gustaba definirse al anciano general. 

Entre tantos eslóganes brillantes de la época, uno hizo historia y no necesitaba interpretación: 

“Cámpora al Gobierno, Perón al poder” , que hoy aparece reivindicado en los afiches del oficialismo. 

Otro cantito premonitorio pasó también a la historia de la picaresca política: 

“Lanusse, Lanusse / mirá qué papelón / habrá segunda vuelta / la vuelta de Perón”. 

Y así fue.

Perón había regresado al país el 17 de noviembre de 1972 para poner fin a casi dieciocho años de agitado exilio. 

La propaganda oficial de entonces auguraba: 

“Perón, prenda de paz para todos los argentinos”. 

El futuro gobierno de Cámpora gobernaría sin dramas, pondría fin a los violentos años que lo habían precedido y al accionar de la guerrilla peronista Montoneros, de la trotskista ERP y de los grupos parapoliciales y militares responsables de las primeras “desapariciones” de la época. 

Perón sería casi un embajador de buena voluntad de la Argentina hacia el mundo. 

El país, por fin, iba a levantar cabeza.

Cámpora no obtuvo el cincuenta por ciento de los votos aquel 11 de marzo. 

Ganó por el cuarenta y nueve por ciento. 

Su principal rival, el radical Ricardo Balbín se apuró a reconocerlo como presidente electo.

Un gran gesto democrático, sostenido tal vez por el escaso 21 por ciento de los votos que le habían dado las urnas. 

A Lanusse le costó mucho más digerir la aplastante victoria peronista, pero igual le envió a Cámpora a un brigadier para que le comunicara la sentencia oficial: 

“En nombre del presidente, cumplo en comunicarle que es usted el presidente electo de la República Argentina”.

Terminaba con esa formalidad marcial un día soleado, calmo, luminoso, en el que millones de jóvenes votaron por primera vez.

Terminaba un ciclo sangriento, sufrido y feroz, el de la resistencia peronista, por la que corrió ríos de sangre, sudor y lágrimas, al que Lanusse puso fin con una frase también histórica y resignada: 

“Muchas gracias en nombre de un gobierno al que no eligieron, pero que les permitió elegir”.

En pocos meses, aquel andamiaje de esperanza se iba a derrumbar, otra vez, entre el polvo y la sangre. 

La precaria salud de Perón, su muerte casi inminente que avizoraban unos pocos, desató una guerra por el poder de la que participaron Montoneros, el sindicalismo y la ultraderecha peronista encarnada por el amanuense de Perón, José López Rega, que se hizo evidente a sangre y fuego el 20 de junio, día del segundo regreso de Perón al país, en los bosques de Ezeiza y la autopista Ricchieri. 

Todo estuvo condimentado por los golpes espectaculares de la guerrilla del ERP que no dejó de asaltar cuarteles y asesinar a jefes y oficiales de las fuerzas armadas.

El 25 de mayo de ese año, día de la asunción de Cámpora, la multitud tomó por asalto las cárceles , en especial la de Devoto, para liberar por la fuerza a los presos políticos, sin esperar el debate en el Congreso flamante que sancionaría una ley de amnistía. 

Entre los liberados salió a la calle de todo: 

desde el criminal y traficante de drogas francés Francois Chiappe hasta los asesinos de la estudiante marplatense Silvia Filler, muerta en 1971 en un aula de la Universidad local.

El breve interregno entre Montoneros y el Ejército, plasmado en el llamado 

“Operativo Dorrego”, de ayuda a los inundados de la provincia de Buenos Aires, quedó borrado por el renacer de la violencia paramilitar y el accionar desbocado de la guerrilla.

Cámpora gobernó sólo 49 días. 

Su gestión, por lo breve y lo apasionado de las consignas revolucionarias que lo acompañaron, muchas ingenuas y hasta de cumplimiento imposible, se conoce hoy como “Primavera camporista”. 

Renunció el 13 de julio para dejar el camino libre a Perón. 

Entonces sí, por fin, el país saldría adelante. 

Lo que pasó después es otra historia.

miércoles, 16 de mayo de 2012


La Hipocresía de un Poder Político que se dice Defensor de los Derechos Humanos.


EL 10 DE ABRIL DE 2012 CUMPLIRIA 41 AÑOS MARIA CRISTINA VIOLA…

El 10 de Abril de este año cumpliría 41 años María Cristina Viola

Pero a los 3 años cuando estaba con su familia un domingo soleado en Tucumán, terroristas del ERP la asesinaron salvajemente a ella y a su padre, el Capitán Humberto Viola.

Su hermana Fernanda resultó con graves heridas también.

María Cristina hoy si vivieras seríamos amigas, estoy segura, pero el terrorismo te arrancó de tu familia, de tus amigos y de nuestro pueblo... terrorismo que hoy continúa impune y que de NOSOTROS depende que no siga siendo así

Una de las principales banderas de la administración Kirchner fue la de la “Reivindicación y Defensa de los Derechos Humanos”.

Dentro de esta prédica, lo que realmente se nota es una Reivindicación a la Ideología Terrorista de los 70.



lunes, 19 de septiembre de 2011

GENERAL BROWN, CON “B” DE BENDINI

En el Colegio “Dámaso Centeno”, instituto educativo civil de nivel jardín de infantes, primario y secundario, dependiente del Ejército Argentino, se realizó días atrás un homenaje a los jóvenes terroristas protagonistas de la exitosa novela “La Noche de los Lápices”.

Con la presencia de Taty Almeida, madre de un delincuente terrorista (ex alumno de ese instituto), autoridades civiles de Defensa y militares (Generales Pozzi, Jefe del Ejército, y Brown, Jefe de Educación del Arma) participaron de la colocación de una placa conmemorativa.

El director del colegio, Coronel (retirado) Héctor Gallardo, se ausentó dos días antes (habría viajado a Cancún, México), seguramente para no tener que soportar la deshonra y afrenta en su propia casa… además de descansar.

Pero lo que marca la indignidad de ciertos miembros superiores del Ejército, como bajar cuadros en el Colegio Militar de la Nación (Bendini) y levantar pancartas en apoyo de la comunidad homosexual y en connivencia con ésta

-hecho ocurrido en el Salón “Libertador” del edificio del Ministerio de Defensa semanas atrás- es la actitud del general Fabián Emilio Alfredo Brown, Comandante de Educación y Doctrina (COEDOC), organismo del cual depende el Instituto Dámaso Centeno.

El día anterior a la ceremonia prevista, miércoles por la tarde, Brown se apersonó al colegio y habría hecho retirar en seis o siete aulas del segundo piso, unas placas de acrílico azul de 10 cm por 40 cm, identificadas (“in memoriam”) con nombres de militares asesinados por el ERP y Montoneros.

Esos claustros llevaban los nombres del Teniente Coronel Arturo Larrabure, del Coronel Raúl Duarte Ardoy, del Teniente Coronel Horacio Fernández Cutiellos y de otros héroes y mártires de nuestro Ejército.

Al día siguiente de la ceremonia, las placas fueron nuevamente colocadas en las respectivas aulas, pero quedó en el patio de la escuela la de “bronce”, no de acrílico, que recuerda a terroristas, hoy reivindicados por “¿propia tropa?”

No sabemos si la restitución obedeció a una orden del mismo Brown, lo que evidenciaría una “pragmática” pusilanimidad sinuosa, o fue producto de la indignación del cuerpo de profesores y alumnos que se sintieron humillados.

Ciertamente este militar “rápido para los mandados”, no consiguió que en la biblioteca del tercer piso sacaran una lámina enorme con los nombres de todos los militares (oficiales, suboficiales y soldados) muertos por la subversión.

Quizás era un “tercer piso demasiado lejos” para ser presentado a la “inspección terrorista” a la que fue sometido este Instituto educativo.

En la recorrida ni siquiera subieron al segundo… pero, por las dudas, escondieron a nuestros caídos, cuyos nombres laten en los corazones acongojados.

Entonces, incontenibles, nos nacen las preguntas: ¿Éstos son los valores y principios que enseñan ahora, general?

¿Para Ud. significan lo mismo los Capitanes Paiva y Leonetti que cualquier delincuente terrorista de los ‘70?

¿Qué opina de la larga lista de caídos -civiles, militares, policías- que jalonan la Guerra que peleamos y ganamos en el campo de las armas?

¿Cómo habla de este asunto terrible con su familia y sus amigos cuando los recuerdos se instalan en el centro de la conciencia y estiran sus largos dedos que no mienten...?

Mientras se desvanece la luz de nuestros próceres que irradiaba la vida en los cuarteles, y se diluye lamentablemente el ejemplo inspirador de nuestros héroes, muchos de ellos contemporáneos que ofrendaron sus vidas en las selvas y ciudades contra el terrorismo y en nuestras Islas Malvinas, se ciernen sobre nuestras armas la sombra de la perversión, el veneno del terrorismo cobarde y el temeroso temblor de desafilados “corvos” deshonrados.

En consonancia con este temblor opuesto a la tradición argentina ahora agredida, cabe la referencia a la espiral que con forma de tirabuzón moral desciende desde los primeros momentos en que se inició la persecución a quienes combatieron en defensa de la República.

Cada vez más y más rápido, cada vez más y más insoportable. Al aceptarse el primer paso, lo que vino después comenzó a fluir casi con naturalidad, las reacciones fueron sofocadas y se aceleró el proceso decadente que parece carecer de límites.

No nos equivocamos si ponemos el dedo en esta llaga vergonzosa, cargada de dolor y sostenemos que constituye todo un símbolo de lo que ocurre en el conjunto del pueblo.

Esto se ubica mucho más allá de la política, horada los sentimientos y orienta al futuro hacia una quebradura que puede ser definitiva.

¿Cómo será la intimidad de ese oficial superior, de ese jefe que no puede ignorar la dimensión de su inconducta...?

¿Cuál será el significado de las palabras mudas que acudirán a su mente cuando por las mañanas se mira al espejo o por las noches descansa su cabeza en la almohada cuando se dispone a dormir?

¿Tendrá el sueño agitado o lo vencerá el insomnio que lo recrimina?

¿Qué pensarán aquéllos que prohibieron asistir en los casinos de oficiales a los parientes de sus camaradas presos por defender a la Patria?

¿Cuál será el sentido último y convocante que le despertará en su ánimo -en el suyo, general- este vocablo superior del idioma...?

Patria, Patria ¿Habrá que repetirlo hasta el infinito para que lo entienda...?

En el centro de este drama convergen dos palabras opuestas y definitorias: coraje y cobardía.

A esta altura es innecesario abundar en explicaciones.

Todo está dicho mientras el Honor es un testigo paralítico de lo que sucede...
Carlos Manuel Acuña

viernes, 16 de septiembre de 2011

BONAFINI Y EL VERDADERO NIDO DE RATAS

Mientras que Sergio Shoklender −quien hasta hace poco tiempo era considerado su hijo adoptivo− declaraba durante más de seis horas en el Congreso frente a diputados de la oposición, Hebe de Bonafini arremetía desde Plaza de Mayo: “En el Congreso hubo durante mucho tiempo un nido de ratas.

Hoy se volvió a abrir el nido de ratas… Y ahí están, desde las 10 de la mañana las ratas con las víboras”.

¿Pero dónde se encuentra realmente el verdadero nido de ratas?,

es la pregunta que cabe formularse.

En efecto, si algo ha caracterizado a la militante kirchnerista en cuestión, ha sido precisamente formar parte de un entorno donde la suciedad, la corrupción y el delito constituyen la norma.

Entre los amigos de Hebe se encuentran asesinos,

como el propio parricida Shoklender (ahora no tan amigo);

corruptos presuntos como la ex ministra de Economía Felisa Miceli, ahora apoderada de la fundación (quien supo “olvidar” una bolsa con dinero del Banco Central en el baño de su despacho oficial);

terroristas internacionales como el etarra Josu Lariz Iriondo (autor de atentados con coches bomba)

o como Walter Wendelin, líder de Askapena, grupo del aparato internacional de ETA (a quien Hebe le dio trabajo como docente en su “Universidad de las Madres”),

narcoguerrilleros como los muchachos de las FARC (organización criminal que ha sido reivindicada en numerosas oportunidades por las Madres de Plaza de Mayo);

profesores de terrorismo y tortura como el cubano Manuel “Barbarroja” Piñeiro, encargado del adiestramiento militar de terroristas for export que preparaba Cuba en décadas pasadas (con quien Hebe ha confesado reunirse);

y dictadores varios, como el sistemático violador de los Derechos Humanos Fidel Castro,

o el principal aliado en la región del antisemita régimen iraní de Ahmadinejad, Hugo Chávez

(entrañables amigos de las “Madres”).

Con el perdón de los roedores, animalitos con los que al lado de los tenebrosos personajes antedichos simpatizamos sin dudar, el verdadero nido de ratas se encuentra en derredor de la propia Hebe de Bonafini.

Si el impresentable Shoklender, quien semanas atrás era considerado por la misma persona que hoy lo fustiga como un afectuoso hijo putativo merecedor de grandes cargos y responsabilidades jerárquicas en la cuestionada fundación, es dable preguntarse:

¿Quién es la rata mayor del nido?

Agustín Laje

martes, 13 de septiembre de 2011

EL OLVIDO DE LAS VICTIMAS DEL TERRORISMO




“A un año más de la desa­pa­ri­ción de mi que­rida hija Laura, hoy con­ti­núa el olvido para con las víc­ti­mas del terro­rismo.

Quiero vol­ver a dejar cons­tan­cia de esta imper­do­na­ble injus­ti­cia en su nom­bre y en el de todos los que sufrie­ron la vio­len­cia de Mon­to­ne­ros y el ERP.



“Jamás pude borrar de mi mente aquel 8 de sep­tiem­bre de 1975 en que me entre­ga­ron su cuerpo sin vida, con la cabe­cita des­tro­zada por la bomba que deja­ron en un coche frente a la Uni­ver­si­dad de Bel­grano, donde cur­saba su carrera de contadora.

“Penoso, injusto y dolo­roso olvido de aquel pasado, que se ve acen­tuado por pro­ve­nir de quie­nes nos han gober­nado y nos gobiernan.

“Envié en 2003, 2005 y 2006 notas al Dr. Kir­ch­ner, durante su pre­si­den­cia, pero el dolor por la muerte de mi hija no tuvo cabida en su cora­zón, como tam­poco llegó a su cora­zón mi informe sobre la gra­ve­dad de la salud de su her­mano.

¡Jamás fue­ron con­tes­ta­das!

Car­tas con el dolor de una madre y un her­mano que sólo reci­bie­ron silen­cio y olvido.

Pido a mi hija ayuda para enten­der por qué tanto encu­bri­miento e impu­ni­dad para con los cul­pa­bles de las víc­ti­mas de aque­llos años de horror.

¿Cuál es el temor en reco­no­cer aque­llos nefas­tos actos de terror?

¿Por qué se los pro­tege?

Sus lla­ma­dos idea­les no murie­ron, pero fue­ron éstos los que mata­ron a mi hija.

“Para que mi que­rida Laura y otras víc­ti­mas pue­dan des­can­sar en paz, hoy tengo la osa­día de diri­girme con todo res­peto a la señora pre­si­denta de la Nación y al gobierno de Ita­lia para soli­ci­tar­les que la memo­ria, la jus­ti­cia, la repa­ra­ción y la ver­dad tam­bién les sean otor­ga­das a las víc­ti­mas y se ter­mine su discriminación.

“Si así no se hiciera, tengo la cer­teza de que desde el cielo una lágrima de Laura caerá en sus cora­zo­nes para implo­rar­les: basta de silen­cio y que el reco­no­ci­miento de los dere­chos huma­nos sea para todos, y no sólo para algunos.

“Los des­a­pa­re­ci­dos durante gobier­nos de facto y las víc­ti­mas del terro­rismo fue­ron y son todos seres huma­nos.

No per­mi­ta­mos que la impu­ni­dad sea la única que reine en la Argen­tina.

Ver­dad y jus­ti­cia para todos.”

Fuente: La Nación
Autor: Lorenza de Ferrari