martes, 9 de noviembre de 2010

MONTONEROS 2010

El anuncio oficial de que esta organización intenta relanzarse le devolvió vigencia al tema.
Éste es el documento de Montoneros Córdoba que intenta actualizar una propuesta política:
MONTONEROS. PUESTA EN VALOR, CUATRO DÉCADAS DESPUÉS
“Se hace imperiosa hoy la promoción de un nuevo TRASVASAMIENTO GENERACIONAL dentro del movimiento popular argentino.
Para los viejos militantes que hemos permanecido firmes en nuestros principios éticos, el futuro ya ha pasado.
El proyecto político necesario para un futuro a largo plazo sólo puede ser construido por las nuevas generaciones y quienes pertenecemos a la generación montonera de los años 70 no debemos imponerles nuestra visión”.

Mario Eduardo Firmenich, Encuentro Nacional por Eutopía, Córdoba, 28 de abril de 2007.

La organización político-militar Montoneros irrumpe en la vida política de nuestro país a mediados de 1970 con el secuestro y ejecución del tirano Pedro Eugenio Aramburu.
El lunes 7 de septiembre de 1970, a las 20:00, varios dirigentes montoneros (Abal Medina, Sabino Navarro, Firmenich y Arrostito) habían acordado encontrarse con Luis Rodeiro en el bar La Rueda, sito en la esquina Potosí y Villegas (actualmente una farmacia) a una cuadra de la estación de trenes de William C. Morris, provincia de Buenos Aires.
Fernando Abal Medina y Sabino Navarro llegaron unos minutos antes de lo acordado, junto a Luis Rodeiro. Afuera aguardaban Ramus, en un auto robado, y algunos metros más alejado se encontraba Capuano Martínez en otro vehículo.

Una comitiva policial alertada por el dueño del local, que había reconocido a Abal Medina en las fotos que requerían su captura, ingresó sorpresivamente al local. Abal Medina les presentó a los uniformados credenciales falsas de policía y éstos ya se retiraban del bar cuando se inició un fuego cruzado en la vereda: Ramus observó a dos efectivos que se acercaban y comenzó a dispararles, luego intentó arrojarles una granada que explotó en sus manos y le provocó la muerte instantánea.

En el tiroteo entre guerrilleros y policías que se generó, Abal Medina viendo su condición de inferioridad numérica trató de huir y fue herido de bala en el pecho.
Cayó en la entrada del local, mientras Sabino Navarro y Capuano Martínez pudieron huir y Rodeiro se entregó. Norma Arrostito y Mario Firmenich venían retrasados, llegaron a las 20:20 y al ver la situación huyeron inmediatamente del lugar.
Cuarenta años después de la caída en combate de dos de los fundadores de la que llegaría a ser la más numerosa y gravitante organización guerrillera argentina de los 70s, la ocasión es propicia para rescatar su valiosa experiencia de las cloacas en que la han mantenido los dueños de ese poder oligárquico que enfrentó con singular empeño.

El pensamiento hegemónico en la democracia formal, de Alfonsín a Kirchner
La democracia formal inaugurada en las elecciones de 1983, depositaria de la sangrienta ingeniería perpetrada por la dictadura para arrodillar nuestro país ante los centros del poder mundial, no tardó en pergeñar una coartada que resguardase de la mala conciencia cómplice a un gran número de compatriotas que brindaron apoyo tácito o explícito al faenamiento de la generación más altruista de nuestra historia.
La antojadiza herramienta en cuestión, consistente en sustraerse de todo protagonismo histórico y condenar por igual a genocidas entregadores y sublevados en legítima defensa de la Patria, pasaría a conocerse como Teoría de los Dos Demonios.
El Dr. Alfonsín la consagró por acción, extraditando a Mario Firmenich (en ocasión de presentarse ante la embajada argentina en Brasil para recuperar su legalidad e integrarse pacíficamente al proceso en ciernes), encarcelando al ex gobernador de Córdoba Don Ricardo Obregón Cano, y dictando pedido de captura simultáneo para la cúpula militar y para unos cuantos dirigentes del peronismo y la izquierda revolucionarios.
Carlos Menem, a posteriori, la consagró por omisión, toda vez que liberó al mismo tiempo a verdugos y rebeldes sin emitir juicio de valor alguno sobre la diferencia entre ambos.

Si la difusión de las atrocidades cometidas por los esbirros de José Alfredo Martínez de Hoz en sus campos de detención y exterminio obraría un inmediato y pleno rechazo de la mayor parte de la sociedad, sobre los militantes insumisos de los 70 se habría de cernir el estigma de la impugnación pública producida por el Gral Perón el 1º de Mayo de 1974, usufructuada y capitalizada por la mayor parte de la clase política rentista que, rotando su elenco estable, ha venido gobernando el país desde la restauración del orden constitucional.
Tal poder simbólico sigue ejerciendo aquella “expulsión del paraíso”, que ha llegado hasta a ser tapa de la reaccionaria revista B1 Vitamina para la memoria de la guerra en los 70, dirigida por el ex mayor Pedro Rafael Mercado, marido de Cecilia Pando.

El saldo “invisible” del genocidio fue una sociedad escarmentada y resuelta a tolerar una democracia de baja intensidad, que durante la década del 90 asistiría al vaciamiento del Estado nacional en nombre de la misma ideología que a mediados de los años cuarenta generó la década más feliz de los trabajadores.
Consecuentemente con ello habría de vivirse una licuación absoluta de los principios que enfrentaron al primer peronismo con las oligarquías vernáculas.
La política, por ende, dejaría de tributar al bien común para convertirse en la tabla de salvación económica de una dirigencia desahuciada de cualquier utopía.

En consonancia con la crisis del neoliberalismo en la región, el tercer año del Siglo XXI nos encontraría ante la pretensión de un saneamiento institucional, una resignificación del sentido de la política, y un intento de avanzar hacia mayores cotas de inclusión social.
Los motorizadores de la etapa -que aún transitamos- serían sobrevivientes de aquella generación malograda, por entonces militantes universitarios que rompieron por derecha con la Tendencia Revolucionaria del peronismo y se sumaron al sector “Lealtad”.
Vale decir, no pasaron a la historia con la hidalguía de quienes fueron capaces de interpelar al propio líder en una concentración de masas cuando su gobierno adoptó un claro sesgo represivo.

Asumieron el gobierno haciendo gala de un discurso derechohumanista retroactivo y muy poco empeñado en ejercer el juicio y castigo a los responsables de salvajes actos de represión en democracia.
Su debut en la Casa Rosada coincidió con un insostenible montaje que llevó a prisión a los jefes montoneros Perdía y Vaca Narvaja como sospechosos de haber contribuido a la captura de militantes que volvieron con la Contraofensiva de 1979/80.
Poco después trascendería que un admirador de Mario Firmenich, el ex canciller Rafael Bielsa, sería reconvenido por el Presidente actual del PJ para no prologar la tesis doctoral “Eutopía” con la que el número uno de la organización se graduara con todos los honores como Doctor en Economía.

En resumidas cuentas, no está de más recordar que cuando el Papa excomulga al hereje, la Inquisición lo quema:
La dirigencia que alimenta y prorroga esta democracia formal (hasta que el hartazgo popular revise las lecciones del 2001), a la inversa de lo que ocurriera en Nicaragua o Uruguay, ha estrechado filas en la decisión de impedir que la experiencia debidamente revisada de quienes lo arriesgaron todo por evitar nuestra postración económica y social integre el patrimonio político y cultural colectivo de los argentinos.

Nuevos paradigmas y dificultad para resignificar el nombre Montoneros
Las dos grandes identidades nacionales que signaron la primera y segunda mitad del Siglo XX hoy padecen notorias crisis de agotamiento, más allá de la mayor o menor vigencia que logren otorgarle sus escuálidos aparatos partidarios.
El peronismo funcionó como matriz original de la organización Montoneros, que a pesar de su heterodoxia nunca se movió por fuera de dicha identidad.
Como venimos exponiendo, en el terreno de las ideas la democracia formal no ha sido con dicha experiencia mucho más benigna que la dictadura.
El éxito cortoplacista al que adhiere el posibilismo imperante no tolera planteos conducentes a ninguna transformación de fondo capaz de truncar su rentabilidad y poner en tela de juicio el supuesto progresismo que se proclama.

A lo largo de casi tres décadas hemos asistido a la renovación e invención de incontables mitos tendientes a desvalorizar los méritos más trascendentes de la gesta del 70.
La obturación informativa de cuanta autocrítica se formulase desde el seno de la organización a partir de 1983, por ejemplo, ha venido fomentando la idea infundada de que la del Gral Balza fue la primera revisión pública sobre lo actuado durante aquel enfrentamiento.
Esta línea de pensamiento supone que la de Firmenich en el programa Tiempo Nuevo (1995) sería una autocrítica tardía, incompleta, y oportunista, en tanto se la pretende consecuencia de la del Comandante en Jefe de las FFAA.
Sin embargo en dicha ocasión el líder montonero no se desmarcó de la copiosa documentación a ese respecto difundida por su militancia desde el fin de la dictadura, ni de su alegato público ante la Cámara Federal de San Martín, Pcia de Bs As (1988).

Circunstancias como la descripta, o la recurrente preferencia del periodismo por interrogar a Firmenich mucho más frecuentemente sobre la ejecución de Aramburu que sobre sus ponderadas ideas para propender a un modelo de desarrollo socialmente equitativo, han venido contribuyendo a mantener a Montoneros como un fenómeno congelado en un pasado trágico e incapaz de reformularse en democracia.
Dicho status propicia que ese nombre siga vinculándose a la tríada peronismo, socialismo y lucha armada, más que a la necesidad de promover una economía social y sentar las Bases para la Alianza Constituyente de una Nueva Argentina, como es el anhelo de la mayoría de los protagonistas de aquella experiencia no cooptados por el paradigma demoliberal electoralista.

Grietas en el relato oficial de la historia reciente.

Pese a la malversación histórica perpetrada desde el pensamiento hegemónico hasta la fecha, es innegable que, a medida que nos alejamos de las secuelas del terrorismo ideológico, la vigencia del orden constitucional contribuye a que se vaya recuperando el pensamiento crítico y la sociedad produzca avances en su discernimiento autónomo.

Algunas manifestaciones culturales recientes ponen en evidencia dichos síntomas. Una de ellas fue el estrepitoso fracaso del largometraje “Secuestro y Muerte”, la grotesca versión del Aramburazo con que el macrismo decidió inaugurar la última edición del BAFICI.
En el ciclo televisivo Los Siete Locos, que conduce Cristina Mucci, Rafael Filipelli, el responsable de dicho bodrio -marido de la “oligarca de izquierda” Beatriz Sarlo- sostuvo con absoluta liviandad que no era su intención hacer un filme político sino humano, y que no creía que tan bisoños secuestradores se la hubieran pasado hablando todo el tiempo de política durante el cautiverio del general fusilador…
Como el público le dio la espalda, opinamos que huelga cualquier tipo de consideración al respecto.

Más complejo es el caso del prolífico filósofo y novelista José Pablo Feinmann, cuyo vuelo intelectual no puede negarse desde ninguna discrepancia política.
Su novela Timote, sin embargo, no sólo no forma parte de los mayores logros de su literatura sino que cae frecuentemente en el regodeo de un odio visceral contra la figura de Firmenich, que llega a exacerbarse al punto de imaginar la sorda envidia de este hacia la figura de su compañero de bachillerato en el Nacional Buenos Aires Fernando Luis Abal Medina (a quien supuestamente deseaba suplantar en el liderazgo de la organización), así como un deseo reprimido por Norma Arrostito, la pareja del ejecutor de Aramburu, lo que se da de bruces contra el testimonio de cuantos conocieron a los tres durante el período en cuestión. Tales “licencias narrativas” se empeñan en describir al hoy doctor en economía graduado ante el Premio Nobel Joseph Stiglitz como una suerte de Neanderthal de la revolución.
La monumental y documentada obra del mismo autor Peronismo. Filosofía de una persistencia argentina, alcanza cumbres de audacia en el inéditamente desprejuiciado análisis de la figura de Perón antes y después de los 70s… pero incurre frecuentemente en su proverbial odio anti montonero, en pasajes tan arbitrarios como el que elogia la pertinencia de una tapa del periódico La Causa Peronista, preocupándose de inmediato por restar todo mérito al respecto a la conducción montonera, y concentrando todo el valor del acierto en la figura -por cierto encomiable- de Dardo Cabo.
Dicha apreciación forma parte del sistemático “rescate” individual de cuadros montoneros (Walsh, Urondo, Oesterheld, Arrostito) al que ha venido siendo afecta la intelligentzia de la democracia formal que transitamos, siempre dispuesta a enfrentarlos contrafácticamente con la organización en la que militaron hasta el final de sus vidas.

En Firmenich. La historia jamás contada del jefe montonero, biografía política firmada por los jóvenes periodistas Felipe Celesia y Pablo Waisberg, pese al denodado empeño objetivizante de dos autores no coetáneos de un personaje satanizado hasta el hartazgo, el estudio minucioso de su derrotero y la apelación a una nutrida y diversa nómina de entrevistados comienza a demostrar la imposibilidad de seguir sosteniendo el mito de la “bestia negra” de la política contemporánea, puesto que en dichas páginas se cuela que nunca ¨se fue al mazo¨ a la hora de combatir, que se resistió hasta último momento a salir del país, que no existe argumento sustentable que lo vincule con el Batallón 601 ni prueba alguna de un encuentro con Massera, y que sobran coincidencias acerca de que vive ascéticamente:
Todo lo dicho conduce a suponer que el biografiado carga con el estigma indeleble de haber enfrentado consecuentemente a la oligarquía y haber sobrevivido.

En conclusión, cada vez adquiere mayor dominio público que de un tiempo a esta parte el grueso de la dirigencia montonera ha reconocido el desatino de su autoproscripción de 1974, aduciendo que la preservación de la fuerza debió ejercerse desde criterios políticos y no militares, y un juicio similar han merecido de su parte ciertos planteos ideologistas y conatos de vanguardismo producidos durante la resistencia a la dictadura oligárquico militar.
Hoy prácticamente sólo la derecha más ultramontana -y algunos vendedores oportunistas de “pescado podrido” como el rudimentario escriba Ceferino Reato- sostiene el argumento de que el accionar guerrillero justificó el golpe de 1976, a la vez que crece en la opinión pública la convicción de que la casta civil-castrense que usurpó el poder desde entonces apostó al deterioro de las instituciones para salir al cruce de las conquistas acumuladas por un movimiento obrero que había dado sobradas muestras de superar a sus burocratizadas cúpulas, desconociendo las elecciones inminentes con el fin de rediseñar cruentamente al país con miras a convertirlo en el furgón de cola del más salvaje capitalismo global.
El rescate integral, con aciertos y errores animados por un afán indiscutiblemente generoso, desde el último activista de base al primer comandante revolucionario -que no pidieron nada a cambio de salir a parar con las armas a su alcance la represión al Pueblo y la venta de la Patria- sigue siendo una asignatura pendiente de TODA la militancia honesta.

Es de esperar pues que, conjurada por el buen criterio de una sociedad dispuesta a indagar, superando el oscurantismo y la superstición fomentados desde el poder, este presente signado por animadores televisivos que hacen de amantes para un potentado chupasangre y explotador de sus obreros dé paso a un resurgir de valores éticos capaces de mostrarle a las nuevas generaciones el verdadero rostro de una épica que se merecen

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